Entrevista

 

Entrevista a Rosario Castellanos, desde su hacienda de infancia en Las Margaritas, Chiapas

2017-06-01 16:06:25

...Como todos los hu├ęspedes mi hijo me estorbaba Ocupando un lugar que era mi lugar...

 

 

Una charla imaginaria entre dos escritoras de épocas y circunstancias distintas pero que comparten la misma pasión por las letras, por el feminismo y la identidad del sur de México, muy cerca del municipio de Las Margaritas, en el ejido de Bajucú, Chiapas, justo en el mismo lugar que transcurre Balún-Canán

 

 

Por Margarita Aguilar*

 

 

El sol amenaza con dejar la tarde, el amplio corredor de este casco de hacienda ubicado entre el municipio de Comitán y Las Margaritas, en Chiapas. El clima de abril nos obsequia una brisa inquietante.

Nos acomodamos en los amplios sillones de mimbre que recién he comprado en la carretera muy cerca del municipio de Las Margaritas, en el ejido de Bajucú, el mismo lugar de Balún-Canán.

Rosario Castellanos inhala con visible emoción el café de olla recién traído por Esperanza, mi nana que aún permanece a mi lado gracias a la magia de los deliciosos panes compuestos, tesoro de la gastronomía local, y por la deliciosa embriaguez del Comiteco, la tradicional bebida alcohólica sabor durazno de estas tierras. Esperanza hoy se ostenta como mi ama de llaves y celosa guardiana de mis escapes a este islote de paz sin cobertura aun para los emporios de la telefonía invasiva y que tanto atentan contra los espíritus contemplativos.

 

-Creo que va a llover -digo mientras tomo mi taza de café color barro.

-Me encanta la lluvia -dice Rosario mientras coloca senda cucharada de azúcar morena en la bebida.

-A mí todo esto me enamora tanto… ¿Sigues enamorada de él…?

-Jajaja, sabía que me preguntarías de él, esa cara de limón agrio lo dice todo, cuan mal te cae Ricardo. Sí sigo enamorada en mis poemas, en mis cartas, en mis entrelíneas y descaradas acusaciones. (“Convulsa entre tus brazos como mar entre rocas/ Rompiéndome en el filo del gozo o mansamente/ lamiéndome las arenas asoleadas”).

-Pero, ¿cómo puedes estar enamorada de quien te ha provocado tanto dolor y desvelos?, tú que con tanto ímpetu nos has inspirado a quienes enarbolamos banderas de feminismo contestatario.

-Ya he escuchado eso antes, muchas veces por cierto, hasta leído la desilusión de quienes han leído ese libro producto de un berrinche vengativo de Ricardo mi hijo, llamado Cartas a Ricardo, sin embargo, soy honesta al decirte que quedé prendada del amor a su enamoramiento, y el recuerdo de ese instinto en pos de mí, ha sobrevivido aun a sus cobardes ofensas.

-¿Lo has confrontado supongo muchas veces sobre su infidelidad y falta de cuidado a tu ser sensible y creativo?  -hago señas a Esperanza para que rellene las tazas de café y nos traiga tamales de bola cubiertos de hoja de elote que recién ha hecho a mediodía en nuestro preciado horno de pan.

-Claro que sí, de todas las formas posibles, como cualquier ser humano que se siente traicionado, con lágrimas y gritos ahogados, con platos que vuelan por los aires y terminan en fragmentos sobre muros inocentes, a través de mi tinta y en mi decisión contundente de divorciarme.

-¿Mujer que sabe latín ni tendrá marido ni buen fin?, creo que me identifico con ello.

-¡Esa frase, Dios! Es tan profética  que me da miedo, finalmente Ricardo nunca pudo ser mi marido; no importa si legalmente estuvimos casados, lo cierto es que desde que se consumó nuestra unión, la tirantez que generó mi superioridad intelectual y mi arrasante popularidad acabó con el romanticismo, sensualidad y erotismo, engranajes para que dos personas cohabiten en una atracción satisfactoria pese a los altibajos de la cotidianidad, vicisitudes sociales y presiones económicas, el peso de la rutina, etc.

-¿Es decir que fue un problema de autoestima?

-Efectos colaterales del machismo para ser más claros, querida Margarita. De nada sirve que te desvivas, que madrugues para servir el café o el desayuno con mantelitos coloridos, si en la prensa tu nombre brilla sobre el de tu compañero, ya le has clavado una estaca al amor, y el amor se ve lastimado.

-¿Crees que las mujeres estamos condenadas a eso?

-Yo tengo esa mala suerte, Ricardo me la cobró demostrándome que pese a los premios, las cátedras internacionales, habría algo que quería y jamás tendría: su amor y deseo. Me castigó sin duda en su subconsciente y muy conscientemente, jajajaja.

-Y tú fuiste tan honesta en tu dolor y lo expresaste con una libertad que realmente me dobló las fuerzas, esas cartas del libro…

-¡Ah, claro! He ahí otro Ricardo acomplejado, incapaz de superarme y queriendo deshonrar el poder de mi memoria, exhibiendo mis ruegos enfermizos por su padre. Ese mi hijo, acompañado de por vida de mi sombra a la cual se cobija igual que su papá para abrir puertas y acceder a espacios. Adonde va, pese a su ego de hombre, en donde se presenta, siempre irá antecedido o precedido por un “es hijo de Rosario Castellanos”.

 

Rosario se levanta de la silla, camina despacio contemplando el horizonte, las montañas del poniente se están cubriendo de densas nubes grisáceas, y poco a poco, un penetrante aroma a tierra mojada nos abraza los sentidos. Yo respeto su silencio, observo su andar que evoca una danza con la nostalgia. Sin duda sus pensamientos vagan en los vaivenes de su relación con la maternidad y su hijo. Poco a poco su andar resuena como un seco compás de marimba por la duela de este corredor que cada instante se trastoca en un escenario de tormentas emocionales.

-Adoro estas tierras, bien pude haber tenido una plácida vejez aquí, rodeada de una voluptuosa biblioteca -suspira y nuevamente dirige su andar a la sala en donde la espero con preguntas que se agolpan y a quienes tengo que reprender cual si fueran galgos indómitos.

-Mi casa es tu casa –susurro-. ¿Es Balún Canán tu mayor confesión?  -le digo a quemarropa.

-Manda a traer ese trago de Comiteco, ¿ya es hora, no crees? Sí lo es. Nunca creí ser capaz de exhalar lo más doloroso de mi historia en unas páginas que se reeditarían y mucho menos creí en que se traduciría a otros idiomas. Cómo habría querido que esa exhalación hubiera tenido el efecto de un exorcismo. Y que me hubiera ayudado a sanar ese desprecio por mi ser mujer.

-¿Piensas que todo sigue igual?

-Claro, y como siempre y tal cual, fue mi historia. Es en la niñez donde la marca fatal te lleva a cometer terribles elecciones. Incubas dependencias emocionales, necesidades de ser importante y constantemente ratificada en el afecto que mereces….

Esperanza con su enorme mandil de flores rojas y negras trae dos botellas de Comiteco recién desempacadas de mi secreta cava en el sótano de esta mi guarida.

-En el mejor momento -Rosario se apresura a servirnos.

-Adoro este licor, salud Rosario, porque en breve será 25 de mayo, tu cumpleaños.

-Salud por el tuyo que es hoy, 25 de abril -me abraza y me cobijo en ese abrazo disfrutando su calidez. Justo el día en que asesinaron al prócer de Comitán, Belisario Domínguez.

-Gracias, es por esa coincidencia que cuido mi lengua -suelto una carcajada mientras ella rellena de nuevo mi vaso. Es lindo celebrar los cumpleaños.

-Para mí no lo fue tanto después de la muerte de mi hermanito en aquellos ayeres…

-¿Nunca hablaste con tu padre de esto, digo, cuando creciste, para expresarle cuánto mal te había hecho su actitud?

-No, ya no tenía caso, pues era demasiado tarde; es como cuando un veneno ya ha corroído tus entrañas y el antídoto no llegó en el momento que se precisaba. Así que aun teniendo vivos a mis padres, me convertí en una huérfana sin esperanzas, sin la posibilidad incluso de ser adoptada pues técnicamente ellos estaban vivos. Ni un cumpleaños se me celebró con amor, todo era añoranza de mi hermano. Yo estaba ávida de amor y atenciones, y él, mi padre, prefería ir a leer cuentos a la tumba de su hijo y no a mí que me quedaron en la memoria y en los sentidos esas escenas de menosprecio a mi ser.

-¿Ni siquiera tu madre pudo suplir ese desentendimiento paterno?

-No, ella fue la más afectada por la muerte de mi hermano, y tal vez hubiera preferido que yo muriera en vez de él. Por ello, Zoraida el personaje de la madre, no vuelve a parecer después de la muerte del varoncito Argüello. Es un símil de lo que le significa una mujer tradicional y que respira de las expectativas patriarcales al morírsele el heredero del apellido.

-Eso es muy duro.

-Tan duro como esa velada atroz, en que ella y yo estábamos en la sala de la casa, mucho antes de que los sucesos fatales se desencadenaran, y entro corriendo diciendo algo así como: “¡Comadre, soñé que uno de sus hijos se moría!”, a lo que ella desmesuradamente turbada se levanta bruscamente dejando caer la costura y agrega desgarrada: “¿Pero no fue el varón, verdad?”

 

Desde mi rincón no me queda más que apretar con dolor y rabia mi muñeca de rubios cabellos traída especialmente para mí de no sé qué lugar impronunciable. Intenté buscar la mirada de mi madre, queriendo encontrar una disculpa, pero solo la vi abrazada a la horrible vecina con cara bruja sollozando por su varón.

 

-Perdiste la oportunidad de una madre confidente -esbocé mi pregunta.

-Perdí todo, la confianza, la autoestima, fui traicionada a una edad en la que una espera ser amada de manera incondicional por mi madre.

-¿Jamás la perdonaste?

-Ella me hirió y me condenó al igual que mi padre a medrar amor, a suplicar, a tener ese talón de Aquiles de por vida, pese a todos mis galardones y maravillosas satisfacciones debidas a mi inteligencia y lucidez. No, no la perdoné. Y por eso comprendo a Ricardo, comprendo que tampoco él no me haya perdonado nunca. Entiendo su venganza al publicar las cartas tan celosamente por mí guardadas; al releerlas no puedo si no sentir vergüenza por mí misma y ese ayer de ansia y codependencia autodestructivos. Entiendo su sed de venganza que se vio satisfecha en gran medida al exhibirme tan vulnerable y sumisa por amor.

 

***

Un relámpago deslumbrante iluminó el corredor seguido del estruendo de dos rayos muy cercanos. La lluvia se precipitó inclemente amenazando con tirar macetas y adornos.

A prisa entramos a la casa, Esperanza ayudada por su sobrina Claudia levantaron presurosas nuestra vajilla y restos de tamales.

Muertas de risa nos posesionamos de la sala.

-¿Prendemos la chimenea? -preguntó Rosario que aun reía a carcajadas por el susto compartido que nos había hecho gritar con terror.

- ¡Claro! Adoro las chimeneas.

-¿Te recuerda esas veladas en las tierras paternas, con los indígenas que trabajaban para ellos?

- Sí, ese rito de prender la leña, azuzarlo, agregarle ocote, hacer fogones y hogueras. Ese deslumbrante calor sazonado con historias de seres extraordinarios y temerarios, mismos que me movieron la imaginación para bien y para muchas horas de insomnio en aquellos días de tormentas en donde los indígenas fantaseaban y también invocaban a los poderes superiores, a bestias que raptaban con igual ferocidad a niños como a doncellas. Y de esa manera generaban escudos protectores entretejidos de leyendas y presagios para evitar el desmedido abuso de los hombres mestizos como mis padres.

- ¿Crees en eso?, ¿en las leyendas y los efectos sobrenaturales?

- Sí creo. Y no estaría aquí si no fuera por el efecto del Comiteco y de uno de esos sortilegios, ¡salud por ello!

- ¡Salud! -digo mientras doy un gran trago de ese líquido que ya empieza a aguadar mis piernas y sentidos.

El viento ulula desenfrenado y apenas la leña de la chimenea ha logrado tomar su ritmo. Esperanza ha escuchado atenta nuestro diálogo sobre lo sobrenatural; la observo, he percibido cómo nos ha seguido por el rabillo del ojo a Rosario y a mí, la noto satisfecha por habernos escuchado confesar que sí creemos en esas maldiciones y seres que ella misma promueve en la riqueza de su tradición oral, heredada de generación en generación.

-¿Realmente quisiste ser madre?, para mí es un tema tan complejo en esta sociedad de aparentes libertades. Por ello escribí Rosas sin cáliz, una mordaz novela breve; para roer las políticas clericales y sociales que valúan a la mujer por la fertilidad exitosa de sus óvulos.

- No, jamás arrullé el deseo de la maternidad con el furor y apasionamiento con la que he acunado mis investigaciones y textos, sólo concebí y parí en el influjo de una inercia del México que me envolvía, a pesar de mis disertaciones y mis debates filosóficos y éticos. Pesó más el poder del “deber ser”; además mi esposo sí lo deseaba, por su sangre hervía ese gen que enloquece a los mexicanos de preservar su apellido y demostrar a los de su especie que son tan hombres como para preñar a su hembra… Nada más que él lo hizo también en otros frentes para mi continuo pesar. 

- ¿Te arrepientes entonces de tu maternidad?

- ¡Claro, como lo escribí! Como lo plasmé en ese poema que seguro mi hijo ha de haber leído con lágrimas en los ojos odiándome cada día. Déjame recitarte ese poema, el cual te aseguro pasa por la mente de muchas mexicanas que quedaron embarazadas sin planearlo:

 

 

Se habla de Gabriel

 

Como todos los huéspedes mi hijo me estorbaba

Ocupando un lugar que era mi lugar,

Existiendo a deshora,

Haciéndome partir en dos cada bocado.

 

Fea, enferma, aburrida

Lo sentía crecer a mis expensas

Robarle su color a mi sangre, añadir

Un peso y un volumen clandestinos

A  mi modo de estar sobre esta tierra.

 

Su cuerpo me pidió nacer, cederle el paso,

Darle un sitio en el mundo,

La provisión de tiempo necesaria a su historia.

Consentí. Y por la herida en que partió, por esa

hemorragia de su desprendimiento

Se fue también lo último que tuve

De soledad, de yo mirando tras de un vidrio.

 

Quedé abierta, ofrecida

A las visitaciones, al viento, a la presencia.

 

Él me provocaba la evocación de lo masculino, quizá si hubiera sido niña habría sido algo diferente… Y también por lo que me confrontaba por el tiempo que no podía volcarme a escribir, por la odiosa y ácida culpa que me dañaba cuando lo dejaba tantas horas y días por mis sueños, por mis pasiones intelectuales. No debí haber sido madre. De todas maneras de nada sirvió ante mi pareja, o quizás mi manera de vulnerar la maternidad clásica, fue lo que sepultó en definitiva nuestras posibilidades como compañeros conyugales.

Rosario, ¿hiciste las paces con el Dzulum?, ese demonio indígena que inmortalizaste en tu primera novela, y que no puedo dejar de pensar en él como un habitante permanente y atemporal de estas tierras  -le ofrezco un grueso rebozo de lana, el frío se filtra reptante entre nuestros resquicios y pliegues.

Claro que hice las paces, tanto así que iré a dar una vuelta con él, a recordar y reescribir pasajes entre el aliento de la noche, y quizás penetrar en la pesadilla de algún nuevo terrateniente de estos convulsos tiempos.

Atónita, sin dar crédito a lo que mis ojos ven o creen ver, Rosario arropada con el rebozo abre la puerta de la estancia, se desliza por el corredor, mientras nuevas sibilancias se confunden entre bramidos de viento y rugir de un Dzulum que la envuelven para perderse en su eternidad, que nos acompañará siempre.

 

 

*Margarita Aguilar es novelista, originaria de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Es autora de Con la fe erosionada, Rosas sin cáliz, Desarraigada y Acordes de espinas, entre otros títulos.

 

Revista Desocupado