Crónica

 

Una vez más nuestros políticos se quedan cortos, años luz de la solidaridad de la calle.

2017-09-21 22:28:01

Por: Javier Moro Hernández*

El edificio en donde trabajo fue desalojado por completo. No se puede regresar a él; tiene grietas y cuarteaduras. Esos primeros minutos, después de salir por nuestro propio pie de un edificio que se movió todo; de un lugar que se abrió ante nuestros ojos (fue impactante), fueron angustiantes ya que la telefonía celular y el internet se habían caído por completo por lo que era imposible comunicarme con mi familia. Por suerte Lulú se encuentra fuera de la ciudad y no había sentido el miedo que había sentido yo al quedarme en el cuarto de un edificio que se movía como si estuviera construido de papel.

 

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Al estar parado en la calle junto a las personas de otras oficinas, pude darme cuenta, por las caras de angustia, de miedo, de desesperación al no poderse comunicar, de la fuerza del sismo que acabábamos de vivir. El miedo se reflejaba en el rostro de mucha gente. La idea de que habíamos sobrevivido a una tragedia rondaba en muestra mentes, sin embargo desconocíamos la magnitud de lo que acababa de pasar. Unos segundos después los policías de tránsito cerraron el tránsito de automóviles que circulaban por nuestra calle y a lo lejos se escuchó una explosión de gas y se pudo observar un humo negro. Algunos automovilistas prendieron sus autos y empezaron a retirarse. Otros prendieron la radio, único medio de comunicación que parecía funcionar: sismo con epicentro en Morelos, en Puebla, decía la información. La gente platicaba lo que había visto, lo que había sentido. El edificio de enfrente es un Tribunal, la gente decía que el piso 8 había quedado destruido, que habían logrado salir a pesar de que los muebles y archiveros se venían abajo.

Después de unos minutos angustiantes, el chat de WhatsApp de mi familia empezó a recibir mensajes. Mi hermano estaba bien, estaba cerca de mi casa. Mi madre y mi hermana estaban bien, lo habían pasado en un edificio en la calle de Balderas. Logré subir a mi oficina a sacar mis cosas y meterlas en una mochila. Salí a tomar un camión que pasa cerca del metro Eugenia. Por Concepción Béistegui el tráfico se puso pesado: se había caído una construcción en Gabriel Mancera al cruce con Eje 5. Mucha gente estaba caminando tratando de llegar al metro, la señal de whats iba y venía, era imposible hacer una llamada. Cuando llegué al metro Eugenia vi que ya habían acordonado diversos edificios; la estación del metro tenía cuarteaduras, sobre Cuauhtémoc había un edificio que se veía nuevo con cuarteaduras en los primeros pisos (el primer ejemplo de la corrupción que había permitido el famoso boom inmobiliario en Benito Juárez. Alguien tendrá que explicar eso). Fuimos a mi casa, en la calle de Peten, sin embargo en la esquina de Béistegui y Yacatas nos encontramos de frente con el primer edificio derruido. Fue impactante. Los rescatistas voluntarios que habían llegado nos pedían hacer silencio para intentar escuchar si había alguien adentro. Escuchar el silencio que hacía la gente que observaba, los vecinos, fue intenso. No se escuchaba absolutamente nada. El silencio como síntoma de solidaridad en una ciudad terriblemente escandalosa. Los rescatistas pidieron escaleras para empezar a subirse y los vecinos se movilizaron de inmediato para conseguirlas. Por suerte no había personas atrapadas, todos los habitantes habían logrado salir y estaban bien. El edificio será derruido.

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En mi casa no había luz y yo me estaba quedando sin batería de celular. Mi hermano ya se le había apagado el suyo. Le escribimos a mi madre y hermana y salimos a la calle con la intención de reunirnos con ellas. Nos encontramos con un vecino, su departamento se había cuarteado por completo. Tenía mucho miedo pero estaba bien, no se podía comunicar con su pareja y eso le preocupaba. Sin embargo, mientras estábamos ahí recibió un mensaje de ella; estaba bien, en el sur de la ciudad los daños habían sido importantes. Otro vecino se nos acercó y nos dejó ver las primeras imágenes de edificios caídos en la ciudad, Fue terrible, impactante.

Nos despedimos y caminamos a Vértiz y Béistegui. Otro edificio con daños estructurales importantes. Las grietas eran monstruosas. Los camiones pasaban completamente llenos y la marea de gente que caminaba era enorme. Varios jóvenes controlaban el tráfico pues la luz se había ido en toda la colonia. Caminamos a Eje Central y ahí el tráfico era importante, todo el mundo había salido y quería llegar a su casa. El caos había empezado. El metro no servía, los trolebuses estaban parados. Gente caminando por todo Eje Central, unos hacia el sur, otros hacia el norte. Era la única forma de llegar a algún lugar.

En Eje Central y Cumbres de Maltrata un grupo de bikers contralaba el tráfico. En Niños Héroes y casi Eje Central se había colapsado un edificio. La gente llegaba con cubetas, tapabocas y se disponía a remover escombros. Xola estaba cerrada, se habían caído árboles, la marea de gente hacia el oriente de la ciudad era inmensa. Algunos hablaban por teléfono, informaban cómo estaban, preguntaban por sus madres, sus hijos, sus hermanos. Había mucha desesperación, ansiedad.

 

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Cuando íbamos a llegar al Viaducto entró una llamada de mi madre, habían salido de la oficina, el edificio había sido desalojado, habían ido a recoger una camioneta, podíamos vernos en Plaza Delta. Caminamos de regreso a Cuauhtémoc. Había muchos daños y las primeras camionetas con brigadistas y rescatistas iban a toda velocidad por Cuauhtémoc. Yo seguía sin tener internet, el whats iba y venía, el teléfono igual.

Nos encontramos con mi madre, mi hermana y mi cuñado en Plaza Delta, que también había sido desalojada. Mi madre me contó que las chicas que trabajan con ella habían tenido que caminar hasta la estación Fortuna del Suburbano. De ahí ya se habían podido subir. Nos fuimos hacia el norte, hacia Tlatelolco, donde los daños habían sido pocos. Pero el metro no servía y la gente ofrecía sus autos, sus camionetas, sus camiones para llevar a la gente hacia Indios Verdes. Los camiones de pasajeros iban hasta el tope de gente. Muchos comercios de la zona norte habían cerrado y en la radio hacían notas sobre la llegada del Presidente en helicóptero al Campo Marte. Apagamos la radio, no nos interesaba escuchar la apología de la llegada de “salvador del país”, queríamos saber que había pasado en la ciudad.

Esa primera noche la pasamos todos juntos, cenamos, contentos de estar bien. Vimos la tele, nos enteramos de la tragedia en el Colegio Rébsamen, vimos un resumen de las noticias. Edificio en Álvaro Obregón colapsado, en Ámsterdam y Laredo. Las colonias Roma, Condesa, Narvarte, Del Valle, el sur, Taxqueña, Ciudad Jardín, Coapa, Xochimilco habían sido las más golpeadas.

A la mañana siguiente pasé a mi casa, seguía sin luz, pero todo estaba en orden. Me regresé a la Roma, al Café de Raíz de Mardonio Carballo. De ahí nos fuimos con mis amigos Jonathan y Norma, como voluntarios a Medellín y San Luis Potosí. Nos subimos en la parte de atrás de una camioneta con ayuda y equipo de rescate de unos chicos que venían desde Santa Fe y que necesitaban gente para descargarlo. Ahí nos recibieron los picos y las palas, pero nos pidieron que el agua y la comida la lleváramos hasta Xochimilco, ya que allá hacia más falta. Nos dijeron por whats que en San Gregorio se necesitaba mucha ayuda. Nos fuimos. La Roma estaba colapsada, había mucha gente intentando llegar con ayuda a los centros de acopio, se armaban brigadas para los rescates, muchos jóvenes estaban en la calle, las bicicletas iban y venían con ayuda, lo mismo que las motos, que se convirtieron en el medio de transporte más efectivo. En Baja California y Medellín vimos un edificio a punto de colapsar, nos dijeron de otro en Viaducto y Medellín. Los chicos de la camioneta nos dijeron que en Santa Fe el día anterior los robos a automovilistas habían estado horribles. Ellos se comunicaban por teléfono con sus vecinos, estaban organizando más acopio.

 

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En periférico, después de San Fernando, nos encontramos con más camionetas y autos que iban con ayuda y con brigadistas a Xochimilco. Nos juntamos en caravana. Logramos llegar al centro, a pesar de que el tráfico era terrible. Ahí trabajamos en el centro de acopio bajando el agua, las medicinas, la ropa, la comida preparada y enlatada que iba llegando en camionetas, en autos particulares. Vimos la van de la CNDH, vimos camionetas de mudanzas. Acomodábamos el agua mientras las brigadas que se iban a San Gregorio se organizaban. Gente con picos y palas, médicos, pasantes, ingenieros se apuntaban en una lista. Conocimos chicos que llegaban en camionetas listos para llevarse la ayuda hacia los lugares de los derrumbes, vimos gente que llegaba en bicis listos para ayudar, muchas motos con ayuda. Mucha gente lista para intentar ayudar. Xochimilco colapsó de tanta ayuda. Nos dieron de comer; pollo con arroz que comimos con las manos y con tortillas. Había muchos jóvenes ayudando pero en Xochimilco no vimos ni a militares ni a marinos ni a policía. La gente se organizaba lo mejor que podía, todo era medio caótico, pero funcionaba. Todo era ayuda civil, todos eran jóvenes dispuestos a ayudar. Muchas mujeres jóvenes eran líderes de brigadas, las señoras daban de comer y de beber a los brigadistas. Había un ambiente de camaradería impresionante.

Después de varias horas de trabajar empezamos el regreso a casa. La avenida México- Xochimilco era un caos. Había mucha gente llegando dispuesta a ayudar. El microbús nos dejó cruzando la Glorieta de Vaqueritos. No había paso en Miramontes. Caminamos por Acoxpa hasta Tlalpan, pasamos por el Colegio Rébsamen, en donde los militares habían tomado el control del rescate. Adelante nos encontramos con más centros de acopio, con muchos jóvenes organizando la ayuda.

 

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En Tlalpan desviaban la circulación hacia División del Norte, pues en Taxqueña también habían colapsado edificios. Ahí volvimos a ver muchos brigadistas, en camionetas, en camiones, muchas motocicletas y bicicletas. Pero también vimos a mucha gente que iba en su auto, sola, sin saber bien qué hacer. Eso era muy extraño, porque si no estás ayudando lo mejor es quedarte en casa.

En Eje Central y Zapata vimos a las brigadas rumbo al edificio caído de Peten. Vimos los edificios nuevos con daños estructurales terribles a la altura de la Portales. Edificios que no tienen más de dos años y que tendrán que ser derrumbados inexorablemente ¿Quién es el responsable de esas construcciones? ¿Quién permitió que se construyeran edificios cuyos cimientos no resistieron? Una vez más muchos jóvenes se hacían cargo del tráfico, de mantener el orden.

La noche se nos fue entre peticiones, con la lluvia que empezó a caer, con la ayuda que seguía llegando, pero la desinformación empezaba a ser acto de presencia y ya no se sabía si todo lo que se decía en las redes era cierto. La tele hizo un show con una niña que supuestamente estaba atrapada en el Colegio Rébsamen. Terrible. Prefiero la desinformación generada por el deseo de ayudar en las redes que la desinformación manipuladora y terrible de la televisión mexicana, que una vez más le queda a deber a este país. Miguel Ángel Osorio Chong fue expulsado del derrumbe de Chimalpopoca. Una vez más nuestros políticos se quedan cortos, años luz de la solidaridad de la calle. Una vez más el pueblo demuestra que no necesitan al PRI. Todos tenemos la certeza de que esto fue el 85 de esta generación. Y sabemos que lo que sigue es volver a unirnos, organizarnos y deshacernos de estos políticos que no aparecen cuando se les necesita, cuando el país está colapsado. Una vez más ésta gente demuestra que es lo mejor del país.

*Javier Moro Hernández.  Es poeta, periodista y promotor cultural. Autor del poemario Mareas (Abismos, 2013) y de las plaquettes Los Hipopótamos de Pablo Escobar (Deléatur Estudio, 2016) y Los salvajes de ciudad Aka (Deléatur Estudio-Dos10, 2012). Colaborador de La Jornada de Aguascalientes y de revistas digitales como Suplemento de Libros, Noiselab, entre otros.

Revista Desocupado