Crítica

 

"Joker" o la pérdida del amor

2020-02-17 14:47:49

El Guasón contiene una risa enfermiza que taladra el cráneo y fomenta los sentimientos de tristeza por un mundo que cada vez va perdiendo la idea del paraíso

 

 

 

Por Pablo García Mejía* 

 

Joker (Guasón en idioma español) es un filme que se puede examinar desde afuera de la mente, pues se observa la vida externa del más humilde de los individuos: un payaso de la calle, que vive un drama inagotable, una pequeña vida que se desarrolla en el plexo solar del público asistente. Este drama cinematográfico tiene matices vaporosos que forman un vasto océano en el cuál la comedia, a veces, aparece y desaparece para entrar de lleno el drama; pero donde la humanidad siempre emite señales constantemente queriendo demostrar su hilaridad, su festividad amarga a través de una enfermedad mental que sufre esta especie de conmovedor juglar.

El actor protagónico: Joaquin Phoenix, quien quizás sea, actualmente, uno de los más grandes actores de cine, nos conduce por los vericuetos casi de la locura, nos mantiene cautivados por más de 120 minutos; parece que su ingenio, intención, e inteligencia son ilimitados. Joaquin, como muchos de los grandes actores sabe cómo cruzar la frontera para entrar en los dominios de lo prohibido. El cómico se sale con la suya y con una incursión en lo perverso termina matando, haciéndose de una fuerza irresistible, inclusive a pesar de los censores. Este Joker, en realidad es un hombre espectáculo con unos cientos de trucos bajo la manga: su risa enfermiza termina siendo patética, su amor por su madre acaba por convertirse en odio hasta darle muerte.

En el filme se le da un jalón a la memoria cuando Arthur Fleck, comediante fallido y hombre maduro, mira al niño Bruce Wayne, el hijo de Thomas Wayne, de quien se convertirá en su archienemigo: el monstruo, por un momento, sin saberlo exactamente, observa a la crisálida del futuro héroe enmascarado. La verdadera vuelta de tuerca inverosímil para los lectores del comic y ahora espectadores, es que Penny Fleck, la madre del Guasón, trabajó para el padre del futuro Batman, una licencia sin precedentes en las revistas de comic y una verdadera transmutación llevada a cabo por los guionistas del filme: convertir al padre de Batman, quien siempre aparece como un gran filántropo millonario en un pequeño rufián mezquino y execrable; esta es una idea realmente loca, pero novedosa, más no por eso aceptable.

Es la permuta que hace que funcione la narración cinematográfica, a costa de quitarle la buena crianza, los grandes valores al posterior héroe: una trampa perfectamente dispuesta para sucumbir ante ella. La pasta del drama del Joker no está en los acontecimientos de su pobre vida cotidiana si no en la sustancia misma de la vida que juega sus cartas: no hay reposos para este excéntrico enfermizo. Marcha de una desgracia a la otra: le roban el cartel con que hace su trabajo callejero; deja de tener acceso a la medicina para atenuar su trastorno neurológico; su madre está enferma, son demasiado pobres; se encuentra famélico, se burlan de él constantemente: el espectador sufre todo el tiempo.

Los guionistas jamás (como lo hacen a veces con los personajes muy sufridos) le dan un momento de reposo: un oasis de descanso en su patético devenir. Nada hay nada de misericordia por parte de los escritores del filme, o por lo menos un poco de amor para el personaje. El único momento de remanso de la película es cuando él se imagina que sale con Sophie, una madre soltera que vive en un apartamento; pero esa cita es parte de su imaginación, nada es cierto. El personaje maneja su drama interno con el espectador, quien a su vez desarrolla en otro drama paralelo reverberativo que se funde y potencia con el drama visible y audible, cargándose de una tensión psíquica incalculable y por momentos insoportable.

Joker es una película que retrata el caos maloliente de la vida en las metrópolis después de un poco más de diez mil años de civilización, en donde el ser humano se encuentra atrapado por su propio intelecto e inmovilizado y asfixiado por su especial simbología y por sus cultos o devociones hipócritas. Actualmente, se ha olvidado de glorificar la vida y se prefiere reverenciar la muerte, dando como resultado la putrefacción del alma y la infección a través de la violencia. Llega un momento en que la ciudad es un manicomio y parece que la locura es un tónico vigorizante.

En la pantalla se demuestra, una vez más, que el ser humano es más feliz cuando forma parte de la multitud, ahí es donde se siente seguro y justifica sus actos, aunque la mayoría de las veces, se ha demostrado que la turba sólo sirve para destruir. El Joker, en un momento dado está rodeado por manifestantes anónimos que contribuyen a plasmar una idea contra el gobierno y la burguesía, quizá ese movimiento contribuya a vencer la soledad que atrapa a sus habitantes en las grandes ciudades. Tal vez, sin querer, este filme sea la prueba de que el temor a la soledad sea el principio para organizar un culto, o proclamar un ideal.

Parece ser que los humanos no podemos enfrentar al mundo con la piel desnuda y necesitamos una máscara o mínimo un maquillaje que nos oculte de la verdad aterradora que son los tabúes que todavía hay que derribar en todos los campos de la sociedad. El Guasón contiene una risa enfermiza que taladra el cráneo y fomenta los sentimientos de tristeza por un mundo que cada vez va perdiendo la idea del que posiblemente jamás haya existido y únicamente quede un ficticio recuerdo inventado. Definitivamente, es deprimente que lo maravilloso se vaya desperdiciando  en un hoyo negro galáctico y es ahí que surge cada vez más lo sórdido, lo feo, lo ruin, lo tedioso, y tanto la verdad como la belleza han sido suplidas por la ignorancia y el ego desproporcionado y en algunos casos por la locura.

A fin de cuentas, sin proponérselo, la película es una reflexión sobre la pérdida el amor, uno de los pocos bastiones que aún quedan y que los humanos deberíamos de aferrarnos como una causa sagrada, con una rebelión del alma humana para conseguir un poco de armonía con la propia naturaleza.

 

 

*Pablo García Mejía es narrador, su última novera es El Vendedor de Ataúdes, sobre el asesinato de John Lennon.

 

Revista Desocupado

 

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