Crítica

 

"Juana", o el instante que se queda fijo

2017-08-17 14:22:47

Como si fuera un acto de ilusionismo, Edgar Ortiz Barrón construye una novela corta con la paciencia de un artesano. Esto según la reseña de Isaí Moreno sobre este artefacto literario

 

 

 

Por Isaí Moreno*

 

Quizá la definición más acertada de una nouvelle, o novela breve, que he leído entre propuestas de academia y de plumas de autoría se debe a Mario Benedetti, mejor conocido como poeta y dramaturgo. A su juicio, lo que define a la nouvelle es un proceso, por ejemplo, el proceso que convoca un hecho inusitado o el proceso de un estado de ánimo, incluso el proceso de un proceso.

Juana, novela breve de Edgar Ortiz Barrón, es también un proceso. Como parte de ese artefacto maravilloso que es la novela (no hay error en llamar novelas a las nouvelles aunque haya quienes las consideran un género aparte, incluido Benedetti), toda novela corta es por excelencia un dispositivo peligroso, porque se obliga a concertar en breves páginas lo que, tratándose de espacio, podría diseminarse, aparecer diluido en un adobe escritural. En la novela breve eficaz hay mayor densidad porque su volumen es relativamente pequeño, y no sólo concentra contenido sino consigue hacernos transitar por su propia estructura ósea de ente diminuto.

El esqueleto de Juana es sin embargo liviano, porque su autor logra disfrazar la estructura en cuadros de vida que vienen y van. Juana es el proceso de una vida. Vista como obra de transformación, esta novela apuesta no a la transformación de su personaje -una anciana casi ciega sentada permanentemente ante el paisaje, con un jacal detrás y recodando-, sino a la transformación hipnótica del lenguaje del narrador.

¿Cómo se construye una novela como Juana? Tómese un prototipo de la vida real, asígnesele el ingrediente del enigma, déjese al prototipo y trabájese a partir de la nada. Es la misma receta de factura de Madame Bovary: donde el personaje suplanta al prototipo, cobra vida autónoma, incluso mata al prototipo desde su nuevo mundo fabulado, construido de elementos para los que no tuvo que conseguirse materia concreta.

Durante varios meses fui testigo de cómo Edgar Ortiz entramaba palabras y acontecimientos con la paciencia de un tejedor, hallando texturas, formas, movimiento de la consciencia, con la intención de obtener en cada frase un hallazgo. Esos son los descubrimientos que interesan: los dignos de proclamarse a los cuatro vientos como cuando se anuncia un descubrimiento científico.

Con Juana tenemos el ejemplo perfecto de un retorno a lo que nos compete. Llama la atención el acercamiento completo al arte de fabular en una época donde casi nadie fabula, y la postura ética -en realidad estética- de poseer un imaginario íntimo, casi secreto, en esta era en que muchos autores se contentan con su inmediatez sórdida, violenta en derredor, y publican obras pobres, carentes de mundo.

El elemento más llamativo para mí del maravilloso acto de ilusionismo que consigue Ortíz Barrón es el de emplear los laberintos temblorosos del tiempo como aliados. Lenguaje y tiempo son dos entidades diferenciadas, que no se requieren la una a la otra, o sí, en un nivel discursivo como el de Juana, enredándose mutuamente como una molécula ribonucleica. Edgar Ortiz Barrón conoce mejor que nadie esas dos maneras de enfrentarse al tiempo: 1] Atenido a las consecuencias de su paso. 2] Sacudiendo sus partículas con la finalidad de hacerlas soltar un contenido narrativo singular, dual: la imagen de los hechos ante un reflejo borroso, contrastada con los propios hechos. El hecho frente a sí, ese juego de espejos al que Walter Benjamin llamaba el truco preferido de Satán. Decía, pues, que Juana es una obra de ilusionismo y trucos bien ejecutados, donde el ingrediente de la magia son las décadas.

Dice el autor en su propia obra: […] es caprichoso el tiempo cuando uno está esperando algo. Como que se queda detenido, como que se niega a andar.

No se niega a andar el tiempo; es Edgar Ortiz quien consigue hacerlo detenerse. En palabras concisas, el tiempo en Juana no existe. Hay una suerte de presente continuo, donde el pasado (y bien podría ser el futuro), está ocurriendo.

A menudo, quienes escribimos soslayamos lo traicionero del tiempo en la novela. No se diga de la memoria. Es verdad, sabemos, que la memoria es una tela para fabricar novelas, y son varios los modos de abordarla en Juana, más allá del mismo recuerdo de esa mujer de campo, de magueyes y ausencias. La memoria, aquí, se define con las palabras del mismo Ortíz Barrón:

 

La memoria áspera y deslavada como caricia de labios secos.

 

Aunque áspera, aunque deslavada, permite un flujo de pasado y de futuro en la mente de Juana, donde sus hijos se mantienen viviendo aún, amando, siendo inocentes y sensuales.

Veo en Juana devoción y tributo a algunos maestros como Ricardo Elizondo Elizondo, Daniel Sada, posiblemente Yuri Herrera, y sin duda Joao Guimaraes Rosa. Como ellos, este autor persigue con osadía la alta concentración de contenido en cada ejercicio de fraseo, someter el lenguaje al máximo de tensión, como hacen los poetas serios. No vayamos a confundirnos, pues la lírica presente, en la que es prolija Juana, evita cuidadosamente las veredas del lucimiento y apuesta más bien a una poesía callada.

Hay economía de lenguaje en Juana, no porque se escatime en éste, sino porque se hace rendir al máximo en un acto de optimización literaria y también ingenieril.

Entre otras de las virtudes de esta novela, tenemos la de la capacidad de Edgar Ortiz para ver en una época en que se ha desaprendido “el ver”, ver en el sentido de San Ignacio: amorosamente, pues es una mirada amorosa lo que logra traspasar la superficie plana de las cosas.

Por otro lado, no es casual la destreza de Ortiz Barrón para, como dice el diccionario Webster sobre la palabra describir: ilustrar con palabras. Está lejos de lo fortuito su formación en fotografía y video, útil a la postre para obtener la precisión en las imágenes cinematográficas de Juana, porque al sumergirnos en ella somos testigos del cine de la mente donde corren carretes surgidos del ánimo creador del novelista. Las imágenes de ese cine se desplazan a la velocidad de los mundos flotantes de los artistas de antaño, o las de una experiencia onírica eterna, y saben ser asimismo imágenes de traza delicada, semejantes a las reflejadas por el agua del tiempo entre ondas concéntricas.

Cito: El guayabo de ahí, da frutos tan grandes que cuando cayó uno de la rama donde el animal estaba amarrado, el brazo del tronco se levantó hasta ahorcarlo.

Éstas son unas cuántas de las virtudes que hacen y harán de Juana una novela a la cual volver varias veces, aquí está el secreto de que una obra se vuelva eterna, porque esta brevedad escritural de varias lecturas nos recompensa cada vez con nuevos hallazgos. Nadie dude en hacerse de un ejemplar, disfrutarlo las veces que desee antes de atesorarlo en la sección de literatura mexicana de su librero, o mejor, en la mesa de noche, y si se quiere, debajo de la almohada.

 

*Enlaces para descargar Juana: en PDF y en ePub.

 

*Isaí Moreno. Nació en el DF y ahora radica en la CDMX. Es escritor y académico. Su reconocimiento más reciente es el Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce, por Orange Road. Como pasatiempo, retrata escritores con una Canon compacta G10. Postea en Twitter desde la cuanta @isaimoreno.         

Revista Desocupado

 

0